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¿Qué estaba haciendo usted a los dieciséis años? Esta respuesta está condicionada por las características de los tiempos en los que nos tocó vivir esa etapa de la vida. Cuando sobrepasamos las cuatro décadas y nos remitimos a esa edad, nos vemos unos niños mayores que no han terminado la secundaria y que empiezan a tener una vida nocturna tras asistir a las fiestas de quince años de sus contemporáneas.
Los tiempos han cambiado. A mi edad adulta pienso que más para mal que para bien. Sin embargo, he de reconocer que hoy gozamos de comodidades que en nuestra niñez y adolescencia solo eran posibles en una película de ciencia ficción o en los dibujos animados de corte futurista.
Los avances tecnológicos y su accesibilidad han hecho que los niños tengan en sus manos adelantos que nosotros empezamos a utilizar ya avanzada nuestra edad. Las cámaras de video, por ejemplo; y más aún, la posibilidad de grabar, musicalizar y editar una historia contada con imágenes.
La insistencia de dos jóvenes, Raúl Sosa y Arturo Souza, nos sorprendió el 25 de junio en la sala de la Cineteca del Teatro Mérida cuando presentaron su primer cortometraje, titulado Amor añejo, y que trata de un romance fallido entre dos personas maduras: Joaquín –interpretado por el experimentado actor Francisco Sobero “Tanicho”– y Lucía –rol encarnado por la actriz Úrsula Durán Mendicutti.
Podríamos pensar que en la mente de un joven de dieciséis años el tema de la relación de pareja entre dos personas maduras podría no ser de interés, pero la decena de novias que Raúl Sosa declara haber tenido y su firme creencia en el amor le permiten imaginar, e incluso suponer, lo que piensan y sienten dos cincuentones al descubrir que todavía existe la posibilidad de la felicidad plena.
Más allá de los resultados cinematográficos de Amor añejo, que representa el trabajo neófito de dos jóvenes, descubrimos en los creadores la intuición casi natural de hacer cine. Aunque lleno de lugares comunes, tiene como mérito fundamental el hecho de su propia existencia. Resulta una produc-ción que tiene la candidez del que descubre porque no sabe, y que logra los suficientes aciertos para contar una historia de manera lógica con un lenguaje cinematográfico suficiente.
Más meritorio resultó, por encima del cortometraje, el poder de convocatoria de sus creadores, quienes con machacona insistencia y sin otro argumento más que la ilusión de sus lozanos deseos, lograron convocar a artistas, autoridades culturales y voluntarios de todo tipo para concretar su ópera prima.
Así, tocaron las puertas del Instituto de Cultura de Yucatán (ICY) y fueron recibidos por su propio director, el maestro Renán Guillermo González, quien ha decidido apoyar los esfuerzos de estos jóvenes cineastas.
El ímpetu de Raúl Sosa y Arturo Souza, en el doble papel de directores y productores, ha sido del interés de prácticamente todos los medios locales de comunicación, que han otorgado espacios mediante notas informativas, artículos y entrevistas en prensa, radio, televisión e Internet. Ya se encuentran realizando su primer largometraje –que han titulado Mi eterna soledad– con financiamiento del ICY y con la misma ilusión que nos han demostrado y que no tiene límites.
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