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Este artículo fue escrito hace catorce años, cuando conocí a Carlos Monsiváis. Nunca fue publicado, ni leído por nadie, excepto por don Eduardo Tello Solís, quien realizó la corrección inicial. En ocasión del reciente deceso del escritor, decidí publicarlo en Mérida Viva como un modesto homenaje a su figura.
¿Por qué a Carlos Monsiváis le gustan tanto los gatos? La respuesta es muy sencilla: porque tiene personalidad de gato. Los gatos son muy egocéntricos, Monsiváis también; los gatos son muy astutos; Monsiváis también; los gatos pueden estar en todas partes, Monsiváis también; los gatos te arañan jugando, Monsiváis también; los gatos tienen “pocas pulgas”, Monsiváis también. Lo único que falta verificar es si Monsiváis tiene siete vidas, para que siete generaciones tengan la valiosa oportunidad de escuchar a uno de los hombres más talentosos que ha dado este país.
Carlos Monsiváis es “ajonjolí de todos los moles”, es decir, lo mismo se lo ve en el capítulo final de la telenovela de moda o en el peor programa de entre-vistas de la televisión mexicana o en la embajada de Francia en México y hasta fue padrino de la segunda generación de Licenciados en Perio-dismo del Instituto de Estudios de la Comunicación de Yucatán (IECY).
Después de un juego de azar con ab-soluta desventaja para nosotros, pudimos hablar por teléfono con Monsi para concertar una cita, descontados un primer contacto en el que fingió la voz y un segundo intento en el que ni siquiera nos dejó hablar. Luego de una seca interrupción, su respuesta tajante: “Háblame a las cinco”. Finalmente, de manera casi milagrosa escuchamos su voz desganada: “Nos vemos en tres cuartos de hora. San Simón 62, Colonia Portales. Se bajan en el metro Portales y caminan. Los espero”.
No importa su bien ganada fama como uno de los escritores más leídos del país, Carlos Monsiváis vive en una modesta casa ubicada en una colonia popular donde es fácil encontrar puestos ambulantes. En la vivienda predominan publicaciones de todo tipo, en absoluto desorden.
Su obsesión por los gatos lo ha llevado a convivir con diez felinos, a quienes atribuye personalidades propias, lo que podemos inferir por sus nombres: “Ansia de Militancia”, “Mitogenial”, “Alevosía”, “Fray Bartolomé de las Bardas”, “Lalito Montemayor”, “Rositaluz”, “Evasiva”, “Ninasisi”, “Postmoderna” y otro al que, según su tía, aún no le ha puesto nombre. Carlos Monsiváis nos dijo que no hay peligro de reproducción descontrolada porque las hembras están esterilizadas. También nos aseguró que no salen a la calle, lo que evita las “parrandas” nocturnas y sus posibles consecuencias.
Lo que más me sorprendió de Carlos Monsiváis fue su memoria; por ejemplo, puede repetir cientos de boleros sin error alguno y recordar situaciones con sumo detalle. Está enterado de todo y puede burlarse con gran ingenio de las personas y los acontecimientos. Se confiesa totalmente incapaz de entender albures y demuestra completa indignación ante las injusticias sociales. Es un hombre comprometido como pocos.
Cuando Carlos Monsiváis opina, es escuchado por todos. El prestigio de este escritor ha llegado a tanto que no importa lo que diga, sino que lo diga. Resbalado en el asiento, con su peculiar prognatismo y su escasa cabellera totalmente blanca en com-pleto desorden, Monsi nos esperó en su biblioteca junto a un gato sentado sobre el fax. Después de encontrar unas sillas sepultadas en una “montaña” de perió-dicos y revistas, nos dispusimos a entablar una charla. Mientras los hermosos ojos de María Félix, su gran amiga, nos miraban desde un retrato de Gabriel Figueroa, tratamos de convencerlo para que impartiera una conferencia en Mérida. En el lado derecho del salón se observaba un dibujo a lápiz de José Luis Cuevas y fotografías de Salvador Novo, Xavier Villaurrutia y José Vasconcelos, entre muchos otros objetos que ahora no recuerdo con claridad.
Los gatos entraban y salían de la habitación como tratando de enterarse de nuestra conversación para luego aconsejar a su protector. Monsi es de aquellos individuos que parece que no te escuchan, que está pensando en todo menos en lo que le estás diciendo. Pero al poco rato te percatas que ya te observó de pies a cabeza, que ya infirió algo sobre ti y que tiene un concepto claro sobre tu persona. No fueron nuestros argumentos, ni nuestra sim-patía, ni nada por el estilo, lo que lo convenció de realizar el viaje. Fue una casualidad. De repente nos “soltó” una pregunta: “¿Conocen a Jenaro Villa-mil?”. La respuesta fue afirmativa. La oportunidad de ver a su entrañable amigo yucateco fue la clave para que decidiera participar en las actividades culturales del IECY.
Carlos Monsiváis impartió una conferencia en el Museo de Arte Contem-poráneo Ateneo de Yucatán (MACAY), que duró más de dos horas. Una pertinaz llovizna se dejaba caer por la ciudad y a tan solo dos cuadras el Instituto de Cultura de Yucatán (ICY) programó un evento en el que participó una indiscutible figura de las artes plásticas mexicanas: José Luis Cuevas. Estas circunstancias no impidieron la asistencia de casi trescientas personas, quienes a pesar de algunos problemas con la acústica del lugar permanecieron hasta el último momento. Carlos Monsiváis hizo gala de su aguda inteligencia y su sarcasmo, lo que resul-tó todo un espectáculo. La sesión de preguntas y respuestas fue especial-mente entretenida:
–¿Es usted un hombre masa?
–Si es una crítica a mi figura, no la acepto; si es una pregunta respecto a la influencia de la sociedad de masas en la que he vivido, desde luego que lo soy.
–¿Implica el tipo de vida en lo que escribe? [sic]
–Sí, cómo no va a influir el tipo de vida en lo que escribo. Uno es el tipo de vida. Yo cada vez que escribo me acuerdo de mi tipo de vida. Si mi tipo de vida es el de un burgués acomodado con una preo-cupación económica, voy a escribir cosas que tengan que ver con la superación personal; si fuera pobre escribiría cosas que tuvieran que ver con la lucha de clases. Yo en eso soy muy determinista.
–¿Cree usted ser el escritor de moda?
–No creo. De moda están en este momento el subcomandante Marcos, el presidente Zedillo –me dicen que siem-pre que sale en la portada de El Chamuco suben las ventas–, el abad Schulemberg, Colosio, Ruis Massieau –el detenido–, Salinas de Gortari, Raúl Salinas de Gortari y todos los implicados en el crimen de Colosio. No pertenezco a esa lista.
–Además de las ciudades de movi-miento cristero, ¿conoce usted una ciudad más conservadora que Mérida?
–París… en el siglo XIV.
Igual de genial fue el mensaje a las graduadas de la segunda generación del IECY:
–¿Qué se les puede decir a tres jóvenes mujeres que terminan su carrera bajo los efectos más funestos de “los errores de diciembre”?
Se puede optar por utilizar frases hechas y decirles que despierten al mundo profesional donde un promisorio futuro les espera. Pero Monsi no es de esos. Sus palabras fueron absolutamente sinceras, la crisis económica así lo demandaba:
–Ustedes tiene todo por delante… menos la realidad. Lo único que espero es que tengan el privilegio del empleo.
Durante su estancia en Mérida, Carlos Monsiváis se lamentó por no poder estar junto a María Félix en los funerales de su hijo, Enrique Álvarez, quien recientemente había fallecido víctima de un infarto.
Semanas después del evento acudimos de nueva cuenta a la casa de Carlos Monsiváis para llevarle recortes de periódicos y fotografías de su visita a Mérida. Recuerdo muy bien la fecha porque estaba preparando un “suplemento” especial del día de los Santos Inocentes para el periódico La Jornada. Monsi se reía como un niño gozando todas las bromas que aparecerían publicadas al día siguiente en el rotativo.
Le comenté que lamentaba mucho el incendio que se produjo en el departamento de Octavio Paz. En ese momento, interrumpió la conversación, llamó por teléfono a nuestro Premio Nobel y nos aseguró: “Si no les llamo, luego se sienten conmigo”. Le preguntamos por qué había ido vestido de manera tan informal a la entrega del reconocimiento que el gobierno francés le concedió a María Félix, a través de su embajada en México. Él nos comentó: “Yo les informé cómo iba a ir vestido”. De nuevo una carcajada: “Me encontré a Paty Chapoy en la puerta y me preguntó que si creía que María Félix era un ejemplo para todos los mexicanos y yo le dije enfático que no: 'Imagínese que todos anduviéramos con las cejas levantadas'”.
Cuando Carlos Monsiváis nos visitó se había publicado recientemente Los rituales del caos, un interesante ensayo cuyos protagonistas son personajes tan disímiles como Luis Miguel, el Niño Fidencio, El Santo, Gloria Trevi o Sting. Nos dedicó un ejemplar con las si-guientes palabras: “Para los alumnos del Instituto de Estudios de la Comu-nicación de Yucatán, que por razones de la vida dejarán de serlo, el saludo afectuoso de quien, para su desdicha, nunca dejará de ser el autor de este libro”.
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